Un operativo de fiscalización laboral documentó una situación de trabajo forzoso en una finca cafetalera certificada, ubicada en el estado de Espírito Santo, Brasil. Las inspecciones revelaron condiciones extremadamente precarias: alojamientos sin puertas, camas o duchas, lo que obligaba a las personas trabajadoras a dormir sobre colchones en el suelo y a bañarse con agua fría directamente desde tuberías, sin acceso a un lavabo. También se constató la inexistencia de agua potable: el depósito de almacenamiento estaba contaminado con lodo y con fácil acceso para roedores, aves e insectos. Como consecuencia, se reportaron múltiples casos de enfermedades, como gripe, micosis y diarrea.
La alimentación, además de ser de mala calidad —compuesta por productos como mortadela, huevo y salame— era descontada del salario de las personas trabajadoras. El empleador compraba los víveres y los cargaba en sus cuentas: un huevo podía costar hasta 50 reales y cuatro pollos, 300 reales. Dos de los trabajadores rescatados, Jurandir y José Ademilson, relataron haber sido víctimas de amenazas y control coercitivo. Según sus testimonios, el propietario les habría advertido que solo podrían salir de la finca con su autorización y que los encontraría si intentaban escapar. Uno de ellos recordó haber visto al capataz armado, lo que intensificaba el miedo y el trauma —que persiste hasta el día de hoy—: «Solo de hablar de café, me pongo nervioso», afirmó.
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